Las personas poseemos dos tipos de memoria: la memoria verbal y la memoria emocional, según afirma el Doctor Luis Rojas Marcos en su estudio sobre el optimismo:

  • En la memoria verbal es donde almacenamos los sucesos recientes y las experiencias del pasado remoto, es la que contiene nuestra autobiografía,
  • En la memoria emocional es donde se conserva con toda intensidad y sin palabras las escenas de situaciones emotivas, de experiencias vividas, las buenas y no tan buenas, los sonidos, los olores y todas las sensaciones que hemos vivido.

La memoria verbal autobiográfica nos sirve para ordenar y acordarnos, tanto de los múltiples elementos que utilizamos diariamente, como también de las interpretaciones personales que hacemos de estos acontecimientos, junto a los sentimientos que los acompañan. Por eso, los recuerdos cuando los evocamos, tienen el poder de hacernos sentir emociones agradables y placenteras o desagradables y tristes.

La memoria autobiográfica no espera a ser recordada, ya que diariamente mantenemos el recuerdo del pasado de forma viva, en todo lo que pensamos, decimos y sentimos. Dicho recuerdo influye constantemente en nuestras decisiones actuales y futuras, nos sirve para reconstruir nuestra historia, para definirnos, identificarnos, valorarnos y  relacionarnos con otras personas, además de percibir y evaluar el futuro.

La memoria autobiográfica tiene dos funciones, una personal y otra social:

  • En el aspecto personal la forma en cómo escogemos nuestros recuerdos modula nuestro estado de ánimo. Además, la forma en cómo valoramos nuestra historia más o menos positiva, moldea el concepto que tenemos de nosotros mismos.
  • En el aspecto social el significado que le damos al recordar y contar nuestro pasado a otras personas determina una parte de nuestra disposición hacia los demás. Asimismo contribuye a formar nuestra identidad social y nos conecta con esas personas, fomenta la confianza, la participación y la amistad.

Nuestro nivel de optimismo dice mucho de los recuerdos que guardamos, ya que una visión favorable del pasado alimenta la autoestima y nos predispone a confiar en el presente y en el futuro. Por el contrario una perspectiva pesimista de nuestras experiencias pasadas, llena nuestro día a día de lamentaciones y quejas, además de inseguridad y desconfianza en el futuro.

Las personas optimistas tienden a guardar y a recordar, con preferencia, buenos recuerdos, éxitos del pasado, relaciones y acontecimientos gratificantes, y ayudan con estos pensamientos a favorecer una perspectiva positiva del presente y del futuro, además de servir de protección contra las desilusiones.

La memoria es también selectiva y subjetiva por lo que nos permite mantener unos recuerdos muy vivos y reales. Pero por otro lado, es capaz de distorsionar inconscientemente otros para adaptarlos al argumento que más nos conviene en nuestra vida, incluso es capaz de hacernos olvidar sucesos pasados con el fin de mantener nuestra armonía mental.

El olvido es parte de la curación de las heridas que impone la vida. También nos ayuda a perdonar los agravios y a recuperar las ilusiones perdidas frente a situaciones complejas. Distanciarse del pasado difícil nos ayuda a restablecer la paz interior y a abrirse con más optimismo hacia un nuevo futuro.

Las personas que hacen las paces con el pasado se liberan y controlan mejor su destino, en contra de quienes se estancan en el rencor, en el resentimiento y la culpa con el lastre de mantener la identidad de víctima, que además los debilita y paraliza.

En situaciones de reflexión sobre su pasado, los optimistas utilizan mayores dosis de comprensión que los pesimistas. Se consideran menos culpables de sus errores, son más realistas al valorar las circunstancias en las que vivieron y como solucionaron sus problemas, bajo las circunstancias de entonces, pensando que lo hicieron de la mejor forma posible. Por el contrario, los pesimistas tienden a recordar y a resentirse de lo negativo valorándolo desde la actualidad, sin tener en cuenta de que evalúan el pasado con la ventaja de conocer el futuro, o sea, de quien valora una circunstancia cuando ya conoce el resultado.

Según el psicólogo Martin Seligman, padre de la psicología positiva, nuestra forma habitual de explicar las situaciones, tanto adversas como favorables, refleja nuestro talante optimista o pesimista. Él lo analizó en base a tres valoraciones:

  • la permanencia o la duración que le damos al impacto de los sucesos que nos afectan. En los optimistas las dificultades son pasajeras y se recuperan de ellas pronto; en los pesimistas los efectos de dichas dificultades son irreversibles y sus daños permanentes.
  • la penetrabilidad o la extensión que asignamos a los efectos de estos elementos sobre nosotros. Cuanto más optimista es la persona más tiende a encapsular los efectos de sus fracasos y a evitar las generalizaciones, en cambio en los pesimistas las consecuencias tienden a ser generales e insuperables.
  • la personalización o el grado de responsabilidad personal que hacemos recaer sobre nosotros por lo ocurrido. Los optimistas no se sobrecargan de culpa por lo sucedido sino que piensan en sus responsabilidades pero también en los errores de los demás, ya que piensan que los errores sirven para aprender. Sin embargo los pesimistas se acusan de la totalidad del suceso y no hay posibilidad de reparar lo sucedido ni de aprender del error.

La felicidad futura es mucho más importante que la presente, según el filósofo Julián Marías. Con ello explica que la felicidad está conectada a la expectativa de que nuestros proyectos nos van a dar satisfacción y alegría. Este pensador ahonda en la importancia de la esperanza, en que las personas no sólo son lo que reflejan sus biografías, sino lo que reflejan sus expectativas y sus sueños. Para él existen dos categorías de esperanza:

  • La esperanza general, que es la que abarca las expectativas globales que pensamos para nuestro futuro, que están basadas en creencias y valores que tenemos hacia la vida. Las expectativas positivas del futuro nos ayudan a mantenernos confiados y seguros en nuestra vida.
  • La esperanza específica que está relacionada con la ilusión por alcanzar un determinado objetivo o una meta concreta. Esta esperanza fomenta la disposición de que las metas que uno se fija se pueden alcanzar si invertimos la energía necesaria. Los optimistas transforman sus anhelos en desafíos y confían en su capacidad para superar los conflictos que se interponen en su camino. Esta esperanza, además, alimenta la seguridad en sí mismo.

Albert Bandura y sus colaboradores, en la Universidad de Stanford, también relacionaron los pensamientos esperanzadores con la creencia de que en la vida encontraremos el camino que lleva a nuestros objetivos y la motivación para alcanzarlos. Lo denominaron autoeficacia.

Autoeficacia, la convicción de que poseemos la capacidad para ejecutar las acciones necesarias para lograr lo que deseamos.

Años más tarde otro investigador C. R. Snyder en la Universidad de Kansas, lo demostró en diversos experimentos sobre el nivel de esperanza en las personas, y afirmaba que:

El nivel de esperanza en las personas para lograr metas concretas es la suma de la confianza en su fuerza de voluntad y las expectativas favorables. Juntos configuran la determinación que nos impulsa a perseguir lo que deseamos y a mantener nuestro esfuerzo para conseguirlo. El ejemplo son los pensamientos como “yo puedo”, “lo intentaré”, “estoy preparado”.

El optimismo es un conjunto de elementos que forman nuestra personalidad y configuran nuestra forma de vernos a nosotros mismos y de valorar los sucesos que vivimos. Éstos nos dan la visión que tenemos de nuestro mundo y de nuestro futuro.

 

María Dolors Reñé Prats

Psicóloga Clínica – Praxis Centre Psicològic