Los seres humanos nacemos con el potencial para odiarnos a nosotros mismos. La aptitud que poseemos para observarnos y juzgarnos, a veces, puede convertirse en una fuente de gran sufrimiento y en una verdadera tortura.

El aprecio natural que la mayoría de las personas siente hacia sí mismas se puede ir minando por diversos motivos:

  • las agresiones o las humillaciones traumáticas prolongadas,
  • la identidad de víctima crónica,
  • la persecución persistente de ideales inalcanzables,
  • la depresión.

(En este artículo sólo vamos a profundizar en los dos últimos motivos).

La persecución persistente de ideales inalcanzables

La persecución de ideales imposibles de conseguir provoca un efecto dañino sobre la autoestima.  Los valores de la sociedad en que vivimos (que a menudo transformamos en crueles “deberías”), tanto si afectan a la apariencia física como a las aptitudes psicológicas, nos sirven de puntos de referencia a la hora de formar nuestras propias aspiraciones. Cuanto mayor sea la discrepancia entre nuestros modelos de perfección y las posibilidades de alcanzarlos, más difícil nos resultará mantener una opinión favorable de nosotros mismos.

El desequilibrio permanente entre anhelos y logros es, pues, otra de las causas más comunes de baja autoestima. Las exigencias y ambiciones frustradas fomentan la insatisfacción, la amargura y el rechazo a uno mismo. Estos sentimientos pueden derrumbar el “ego” de las personas y empujarlas a conductas autodestructivas.

Muchas personas que viven conscientes de su fracaso, se defienden de estos penosos sentimientos anestesiándose con alcohol o drogas. A la larga, estas sustancias adictivas minan el sentido de control sobre sus vidas y agravan el hundimiento moral y la decepción consigo mismos que ya acarreaban. Las adicciones, tanto a las bebidas alcohólicas como a las drogas, pueden ser causa y efecto de una autoestima pobre o deteriorada.

El grupo de alteraciones de la conducta alimentaria: la anorexia, la bulimia y la obesidad, que están estrechamente vinculadas a la autoestima dañada, pueden ser entendidas como el resultado de los efectos que tienen sobre la persona la persecución inútil de metas inasequibles, y la predisposición a las adicciones.

El esfuerzo infatigable de tantas personas por alcanzar la silueta juvenil, delgada y erótica que hoy fomenta la cultura y la industria de la belleza, es inútil, ya que, por desgracia, la realidad es que este ideal se encuentra fuera de las posibilidades biológicas de la mayoría. En demasiados casos estas ambiciones irrealizables se transforman en ilusiones malignas que, aparte de destruir cualquier posibilidad de autoaceptación, sirven de guión para el curso de graves y hasta mortales enfermedades de la conducta alimentaria.

  • La anorexia se caracteriza por la aversión obsesiva e inquebrantable a la comida (que se traduce en un peso inferior al 85 % de la norma), el terror a engordar, la distorsión de la imagen del propio cuerpo, la amenorrea o falta de flujo menstrual, y una actitud de indiferencia o negación del problema.
  • En la bulimia, además de la distorsión de la percepción del cuerpo y la fobia a la gordura, son característicos los episodios repetidos de atracones, en los que la persona ingiere grandes cantidades de comida con rapidez y sin control, seguidos de vómitos autoprovocados y de sentimiento de culpa. En ambas dolencias son frecuentes los ayunos prolongados, las dietas rigurosas, los ejercicios exhaustivos, y el abuso de laxantes, diuréticos o píldoras que interfieren con la absorción de alimentos o apagan el hambre.
  • La obesidad consiste en la acumulación excesiva de grasa o sobrepeso superior al 40 % del límite aconsejable para la altura de la persona. Las personas obesas, aunque no persiguen medidas extremas para adelgazar, son en general igualmente esclavas del espejo y de la báscula, y sienten gran dificultad para distinguir entre el apetito por la comida o por estados emocionales tales como la ansiedad, la frustración, el estrés o la tristeza. Estas personas tienen en común con las bulímicas la incapacidad para frenar su voracidad y para sentirse saciadas, así como los sentimientos de culpa y una autocrítica mordaz.

La tendencia a la adicción es una característica de estos trastornos. Tanto el estado de desnutrición como el aplacar el dolor crónico del hambre son adictivos, ya que satisfacen necesidades emocionales y afectivas importantes, calman la ansiedad, la tristeza o la soledad. En general en todas estas alteraciones los afectados rechazan su imagen corporal y de sí mismos como personas.

La depresión

El veneno más nocivo de la autoestima saludable es la depresión. La depresión oscurece y desfigura sin piedad la capacidad para apreciarnos, nos roba la esperanza y consume el anhelo de vivir.

La depresión es causa y efecto de la baja autoestima. No sólo menoscaba seriamente nuestra autovaloración, sino que a menudo es un síntoma de la autoestima dañada por otras causas. La melancolía impregna de culpa y de autocrítica corrosiva nuestra vida, destroza la ilusión por el mañana y nos roba el aprecio a nosotros mismos.

La depresión es una forma de pesimismo patológico que nos impregna de negatividad y de remordimientos sin bases reales, oscurece nuestra perspectiva de la vida y nos colma de odio hacia nosotros mismos.

La depresión no son los momentos de tristeza que pasan en nuestras vidas. Es normal sentirse abatido y desconsolado cuando perdemos a un ser querido, o decepcionado y angustiado cuando rompemos una relación sentimental. También es normal que nos sintamos atemorizados y cuestionemos nuestra valía si nos despiden inesperadamente del trabajo. La depresión es otra cosa, implica un cambio de estado de ánimo persistente y perceptible para uno mismo y para las personas que nos conocen de al menos dos semanas de duración. En los países desarrollados la depresión se ha convertido en la enfermedad que tiene un mayor impacto social, y así continuará durante las próximas décadas.

También es un estado de melancolía especialmente maligno el que aflige a ciertas mujeres después del parto, durante las cuatro semanas posteriores al mismo. Se piensa que el motivo más probable son los drásticos cambios hormonales que se producen en la madre a raíz del alumbramiento. La depresión posparto afecta seriamente a la madre, altera los vínculos maternales con el bebé, y puede producir trastornos a corto y largo plazo en el recién nacido.

Cuando nos deprimimos nos sentimos desanimados, desmoralizados y tristes. Se alteran el sueño, el apetito y la energía

Lloramos con facilidad, nos comportamos de forma irritable o impaciente con los demás, nos cuesta concentrarnos, y perdemos el interés por las cosas y las actividades que hasta entonces nos gratificaban, incluyendo las relaciones sexuales. Se alteran el sueño, el apetito y la energía. Las personas deprimidas sienten que no son dignas de afecto, no disfrutan de la compañía de los seres queridos, por lo que se aíslan, se llenan de amargura y pesimismo, y los demás también se distancian de ellos.

La depresión interfiere con la capacidad de concentración, excepto a la hora de despreciarnos a nosotros mismos. Nos estimula a sentirnos culpables de cualquier desgracia propia o ajena, real o imaginaria, e incluso a considerarnos merecedores de nuestra desdicha.

Las constantes autocríticas corrosivas se convierten en argumentos que alimentan el convencimiento de que la vida no tiene sentido, y de que lo mejor es estar muertos (precisamente el suicidio es la consecuencia más amarga, trágica y fatal del estado permanente de autodesprecio). La razón es que las personas deprimidas que soportan día a día una autoestima que está por los suelos se alimentan mal, suelen fumar, consumen alcohol en exceso y son propensos a sufrir accidentes. Por eso su esperanza de vida es significativamente inferior que la de la población en general.

Hoy en día se disponen de tratamientos  farmacológicos y psicoterapéuticos muy eficaces, pero la mejor forma de prevenir la depresión es mediante la detección precoz de los síntomas y el tratamiento inmediato.

Pese a la abundancia de males que amenazan y atacan nuestra autoestima, y fomentan el odio a uno mismo, no debemos olvidar que la inmensa mayoría de los seres humanos se autovaloran favorablemente y sienten que merecen vivir plenamente, aspirando a una vida completa y saludable, y celebrando su existencia hasta el final.

 

María Dolors Reñé Prats

Psicóloga Clínica – Praxis Centre Psicològic

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