¿Cómo explicar el tormento que abruma a tantos hombres y mujeres que no se soportan a sí mismos? Existen condiciones que con más frecuencia menoscaban, de manera grave, la autoestima de las personas e incluso pueden impulsarlas a conductas altamente auto- destructivas.

El aprecio natural que la mayoría de las personas sienten hacia sí mismas se puede ir minando por diversos motivos:

  • las agresiones o las humillaciones traumáticas prolongadas,
  • la identidad de víctima crónica,
  • la persecución persistente de ideales inalcanzables,
  • la depresión.

(En este artículo sólo vamos a profundizar en los dos primeros motivos).

 

  • Las agresiones o las humillaciones traumáticas prolongadas.

Las desgracias y los peligros que afectan nuestra integridad física no necesariamente dañan nuestra autoestima. Una dura humillación en el trabajo no supone riesgo alguno a nuestra supervivencia, pero sí puede herir nuestro amor propio, alterar la personalidad (deformando la percepción de uno mismo) y dar al traste con las posibilidades de apreciarnos o de sentirnos bien con nosotros mismos.

El grado de resistencia de la autoestima ante cualquier tipo de adversidad o calamidad es algo individual. Depende en gran medida de la intensidad, duración y significado que le demos a la situación estresante. Cada uno asignamos subjetivamente significados a los sucesos que nos conmueven, y utilizamos diferentes medidas para defendernos y proteger nuestra autoestima, por lo que reaccionamos ante los hechos desgraciados de distintas formas.

En situaciones traumáticas casi siempre el factor más nocivo para la autoestima es el sentimiento de indefensión, la creencia de que “hagamos lo que hagamos, nada cambiará”.

Está comprobado que las personas que piensan, que ejercen aunque sea un mínimo de control sobre sus circunstancias, resisten mejor los ataques a su autoestima que quienes sienten que no controlan los sucesos que les afectan, o que sus decisiones no cuentan.

El perjuicio que ocasionan los sentimientos de impotencia y desamparo se debe a que alimentan en nosotros la conciencia de debilidad, de inutilidad, de fracaso, y nos encaran con una supuesta ineficacia de nuestras funciones “ejecutivas”.

En los seres humanos el miedo va más allá de ser una respuesta a una amenaza o agresión real. Bastantes personas se sienten indefensas y abrumadas por la ansiedad crónica, el temor ante peligros imaginarios o inconscientes. Los estados graves de ansiedad y miedo pueden manifestarse en estas personas en forma de fobias a objetos o lugares; de angustia generalizada; de miedos irracionales e hipocondríacos a enfermedades graves; de ataques de pánico, y de pensamientos obsesivos o actos repetitivos incontrolables.

Esta ansiedad continuada da lugar a sentimientos de autorrechazo. Además, la mezcla de miedo excesivo, de sentimiento de impotencia y de la sensación de descontrol, convierte a los afectados en aprensivos, asustadizos y acomplejados.

La causa más común de daños duraderos a la autoestima es ser víctima, de forma continuada, de la violencia cruel e intencionada por parte de nuestros semejantes.

Estas experiencias traumáticas persistentes suelen ocurrir cuando las personas no pueden escapar de sus agresores, ya sea por razones físicas, por causas psicológicas, económicas o sociales, y se dan en ámbitos tales como el hogar familiar, en los colegios o en sus lugares de trabajo.

Además de daños corporales, la violencia familiar duradera causa en las víctimas graves trastornos de identidad, destruye la confianza en sí mismas y desfigura el significado de su existencia, al descomponer el sistema de normas y principios que dan sentido a la vida.

El daño a la autoestima de los niños atrapados en ambientes de continua violencia es también especialmente devastador. El reto más amargo a que se enfrentan estos pequeños indefensos es sobrevivir física y mentalmente en un entorno incierto, peligroso e impregnado de terror y, al mismo tiempo, convivir con personas crueles en las que no pueden confiar lo más mínimo. La mayoría de estas criaturas acaba culpándose y odiándose a sí mismas, convencidas de que la causa de su terrible situación es su propia maldad. En ocasiones, estas terribles experiencias de la infancia ejercen efectos demoledores a largo plazo sobre la autoestima de quienes las padecen.

Los colegios constituyen otro entorno que se presta a la agresión repetida de la autoestima de chicos y chicas vulnerables, incapaces de escapar de la tiranía de sus verdugos narcisistas. Cada día de escuela desencadena en los alumnos perseguidos la angustiosa expectativa de ser heridos y humillados.

Con el paso del tiempo, la venenosa acumulación de miedo e indefensión los paraliza, estrecha el horizonte de sus aspiraciones y mina su confianza en sí mismos. La gran mayoría de las víctimas de acosos escolares digieren su rabia en silencio y se consumen en autodesprecio. Al final, se deprimen, se aíslan incluso se aborrecen.

El lugar de trabajo, al igual que el entorno escolar, donde pasamos por término medio más del 40% del tiempo que estamos despiertos, es otro escenario en el que hombres y mujeres se exponen a sufrir daños graves a su autoestima. Para muchos, un empleo no es sólo el medio de conseguir su economía, sino que, además, supone una fuente positiva de identidad personal y social que les ayuda a definirse y valorarse.

Sin embargo, la pérdida inesperada del empleo suele propiciar un duro golpe al equilibrio emocional. El despido, aparte del impacto que pueda tener en la seguridad económica de sí mismo, a menudo es interpretado como un humillante fracaso personal. Igualmente, la jubilación forzosa con frecuencia es causa de ansiedad y desánimo, especialmente cuando un empleo representó durante años la fuente principal de gratificación personal y de reconocimiento social.

El ambiente laboral se convierte en ocasiones en un terreno abonado para la agresión y el abuso. Aunque la presión continuada y excesiva en el trabajo puede alterar de forma temporal nuestro estado de ánimo y la percepción de uno mismo, las personas que son de manera sistemática perseguidas, acosadas o agraviadas por compañeros o jefes sufren serios traumas emocionales, que afectan gravemente a su autoestima.

Los daños emocionales que sufren estas personas pueden ser graves y duraderos, aunque el hostigamiento sólo ocurra una vez a la semana durante unos pocos meses. En el mobbing o asedio en el trabajo, las víctimas suelen caracterizarse por ser personas brillantes consideradas competitivas por sus compañeros, empleados emprendedores que pretenden imponer reformas, o individuos simplemente diferentes del resto del grupo que muestran su vulnerabilidad.

Como ocurre entre las víctimas del acoso escolar, que en su gran mayoría se deprimen, se aíslan, y dirigen su frustración y rabia hacia sí mismas, los acosados en el trabajo también tienden a sufrir depresión u otros síntomas de trauma emocional como ansiedad y pensamientos obsesivos relacionados con las situaciones de asedio.

  • La identidad de víctima crónica.

Vivir una vida razonablemente libre, segura y completa ha dejado de ser una utopía y se ha convertido en una expectativa normal y en un derecho. Cada día más personas se indignan ante las noticias de seres inocentes agredidos injustamente.

Un factor que ha contribuido al auge de la preocupación social por los perjudicados por la violencia ha sido la divulgación del diagnóstico de estrés postraumático, símbolo de los graves trastornos emocionales que se ocasionan a personas que viven situaciones extremas de terror e indefensión. Los síntomas más frecuentes de esta dolencia incluyen la repetición incontrolable de las imágenes del ataque sufrido, la tristeza, el aislamiento social y las fobias a situaciones que puedan traer a la memoria lo sucedido. Esta alteración mental afecta principalmente a quienes padecen tales agresiones, pero también puede afligir a sus seres queridos y a los testigos de los sucesos.

Nunca como hasta ahora las personas que han sufrido agresiones a manos de sus semejantes han sido tratadas con tanto respeto, solidaridad y generosidad por parte de los ciudadanos, de los líderes sociales y de las instituciones públicas y privadas.

De hecho, en los últimos años se han multiplicado las asociaciones creadas por las víctimas; y hay que destacar la buena labor que ejercen estas organizaciones a la hora de proporcionar apoyo psicológico, social y material a aquellas personas abatidas por terribles agresiones.

Cuando debemos afrontar los daños que ocasionan cualquier agresión, nos beneficiamos del apoyo de los demás y esto facilita el restablecimiento más rápido de los afectados. Sin embargo, por el intenso protagonismo que adquieren algunos colectivos de agraviados, la permanencia continuada en estas asociaciones puede retrasar la rehabilitación psicológica de la víctima.

El carácter de víctima supone un pesado lastre que debilita y estanca a las personas en el dolor, manteniéndolas esclavas del miedo y del rencor, en demanda de un ajuste de cuentas. La obsesión crónica con los agresores les impide cerrar la herida y pasar la página.

Esto no implica negar ni olvidar el ultraje, sino entenderlo como un golpe doloroso ineludible, de los muchos que impone la vida, y que se integra como una terrible tragedia, pero también como una experiencia trágica que fue superada.

En estas circunstancias, la mejor ayuda que podemos recibir es la que incluye comprensión, apoyo, respeto y estímulo para recuperar cuanto antes la capacidad de forjar, nosotros mismos, nuestro propio destino.

 

María Dolors Reñé Prats

Psicóloga Clínica – Praxis Centre Psicològic