La dificultad que tienen muchas personas en saber manejar la ira y la conducta agresiva es, cada vez con más frecuencia, uno de los motivos de consulta y de psicoterapia  en los profesionales de la psicología.

La ira y la agresividad se convierten en un problema creciente a partir de que la persona se deja llevar por estas reacciones en un continuo “circulo vicioso”; las emociones y conductas que vive la persona se transforman en sus enemigos, se instalan en su comportamiento y le impiden dar lo mejor de sí misma.

¿Qué es la ira?

La ira es una reacción emocional que se caracteriza por una conducta agresiva y violenta en las personas. El cuerpo reacciona con un aumento del ritmo cardíaco, de la presión sanguínea y de los niveles de varios neurotransmisores implicados en la activación física (adrenalina y noradrenalina). Las reacciones psicofisiológicas que vive la persona suelen ser: más sudoración, enrojecimiento, aumento de la tensión muscular y aceleración de la respiración, aumento de la energía y de la gesticulación.

La ira es una emoción relacionada con el impulso agresivo; por tanto su interpretación es la manifestación de la respuesta que hace nuestro cerebro para reaccionar ante un peligro, y la consecuencia es el ataque o la huida.

La ira bloquea nuestro autocontrol, nos provoca un estado mental más impulsivo y primario, y disminuye nuestra capacidad de razonar. La ira nos envenena. Es una emoción incendiaria que destruye nuestra capacidad de actuar con dignidad y excelencia, ya que a partir del “supuesto daño” que nos hacen los demás, la ira nos provoca deseos de venganza, y por tanto nos hace esclavos.

¿Qué causa la ira?

La ira surge ante cualquier situación que interpretamos como amenaza, y se asocia fuertemente con sentimientos de temor, frustración y también de fatiga. La ira la desencadena el miedo, la inseguridad, la envidia, el no saber cómo actuar. Puede surgir cuando la conducta de los demás nos molesta o nos hiere. Surge también ante situaciones que vivimos en las que tenemos dificultad en controlarlas o nos es difícil aceptarlas, y que nos provocan además una gran frustración.

La ira la desencadena el miedo, la inseguridad, la envidia, el no saber cómo actuar. Puede surgir cuando la conducta de los demás nos molesta o nos hiere.

La ira aumenta con una reacción impulsiva y/o explosiva de nuestras emociones, y la conducta agresiva es la manifestación externa de la ira. Surge cuando no se cumplen las expectativas que esperábamos ante una situación, o una persona, cuando surgen problemas personales, o también al evocar recuerdos o hechos traumáticos que nos hicieron enfadar.

Las emociones que sentimos en nuestro cuerpo tienen un propósito determinado. Las provoca el cerebro (en el caso de la ira aparece de forma automática frente a situaciones que interfieren con nuestros objetivos), y su función es la de prepararnos para realizar el sobreesfuerzo necesario y así poder superar el obstáculo o la dificultad que se nos ha presentado.

Todos tenemos algunas experiencias en nuestra vida que no quisiéramos experimentar. Situaciones que se han dado porque se han traicionado unos acuerdos o unos principios, no se han cumplido nuestras expectativas, no se han respetado ciertos valores, te estafan, se burlan de tu buena fe, te engañan… Son situaciones que consideramos inaceptables, intolerables, y que desde otro punto de vista, podemos aferrarnos a ellas y quedarnos enganchados; ahí es cuando surge la rabia, la ira y como consecuencia la conducta agresiva.

Ante estas circunstancias, si culpamos a los demás de nuestra ira y no perdonamos, nos mantenemos atados a las personas que nos han ofendido, y por tanto nos continúan controlando. Perdemos libertad, lo cual bloquea nuestra creatividad y alimenta nuestra frustración; esto nos provoca violencia y su energía nos destruye, y como consecuencia, no mejoramos como personas.

¿Qué tipos de ira hay?

La emoción de la ira puede presentarse de formas distintas:

  • La ira y la conducta agresiva pueden aparecer como una manera de lograr ciertos objetivos cuando la persona no ha sido capaz de lograrlos con otros recursos y sin usar la violencia; ésta sería una ira instrumental. Esta conducta se asocia a un déficit de habilidades de comunicación y de autocontrol de la persona, que siempre las puede aprender intentando mejorar dichas habilidades.
  • La ira puede aparecer como rebosamiento y de forma desmesurada, a causa de que la persona aguanta durante mucho tiempo la represión de los sentimientos, ante una situación injusta o perturbadora. En las pequeñas frustraciones diarias, en las que consideramos que sería exagerado reaccionar, las intentamos reprimir y van acumulando nuestro malestar, hasta que acabamos saltando o estallando en otro momento distinto al motivo de la ira, y por algo de poca importancia. Para mejorar este problema hay que aprender a expresar de forma inmediata, con asertividad y autocontrol las pequeñas frustraciones que la han provocado.
  • La ira en ocasiones se activa como defensa, cuando percibimos o interpretamos las acciones de los demás como un ataque, o cuando nos enfrentamos a una dificultad. Generalmente cuando reaccionamos de esta forma negativa, es más por intuición que por los hechos objetivos que han ocurrido. Esta desconfianza y la mala interpretación de la realidad pueden llevarnos a reacciones agresivas y desproporcionadas que quizás no se entiendan en nuestro entorno y a la vez están poco justificadas de forma objetiva. La mejora de esta conducta debe pasar por un juicio de intenciones más ajustado a la realidad, con más empatía y confianza en los demás.

¿Cómo controlar la ira?

Para controlar las conductas agresivas, ante todo hay que mentalizarse de que es una conducta que provoca importantes problemas a las personas que la viven o la sufren. La agresividad nunca es la solución a nada y solo les lleva a sentirse peor y a agravar el problema.

En los orígenes del ser humano la agresividad era una respuesta adaptativa; su función era la de defenderse de los depredadores, protegerse a nivel social y evitar amenazas, pero actualmente ha perdido en parte esta utilidad.

La ira es una respuesta emocional normal, todos la sentimos en ciertas situaciones, pero no todos sabemos manejarla igual. Debemos intentar saber de dónde procede, aceptarla como parte que es de nuestro ser y racionalizarla; todo ello es imprescindible para poder controlarla.

Es necesario reflexionar respecto a las causas y las consecuencias de nuestra ira y de nuestra respuesta agresiva. Debemos preguntarnos por qué ante personas o situaciones determinadas reaccionamos con respuestas agresivas o de rabia desproporcionadas. Ante estas reacciones, hay que tener en cuenta que nos frustramos, porqué no podemos cambiar a los demás, ni su forma de ser, pensar o actuar, y que tampoco podemos modificar sus conductas.

Si partimos de la base de que cada persona tiene unos valores diferentes de los demás, y si cada uno actuamos según nuestros valores personales, no podemos esperar que los demás actúen como nosotros queremos. Por consiguiente, una respuesta inteligente es aprender a relativizar nuestras reacciones y a razonar nuestras emociones impulsivas teniendo en cuenta el criterio de los demás, lo que nos ayudará a gestionar mejor la agresividad en las situaciones que vivimos.

Es necesario aprender a no acumular la ira, rabia y agresividad en nuestra vida, y gestionarla de forma más adecuada frente a las situaciones de frustración. Lo podemos conseguir siendo asertivos, es decir, con autocontrol en la forma de comunicar nuestros deseos y opiniones, y de forma racional.

Es importante ser conscientes de nuestros intereses en las diferentes situaciones, ya que de lo contrario, el comportamiento impulsivo se convierte en una descarga emocional que en realidad no mejora nuestra situación, y que no nos ayuda a conseguir lo que queremos, sino todo lo contrario; en realidad saboteará nuestro control sobre la situación.

Y si además, continúa en nuestra mente el resentimiento hacia la persona o situación que nos ha provocado la ira, si no perdonamos y olvidamos, ello continúa controlando nuestras vidas. Debemos estar dispuestos a perdonar, a pasar página para soltar el pasado ya que si no perdonamos, nos mantenemos atados a las personas que nos han ofendido, y continúan controlándonos en nuestra mente.

Si culpamos a los demás de nuestra ira y no perdonamos, nos mantenemos atados a las personas que nos han ofendido, y por tanto nos continúan controlando.

El tener unas expectativas muy elevadas es un rasgo asociado a la ira. En muchas ocasiones, nos enfadamos como reacción a la frustración de no haber logrado algunos objetivos que nos planteábamos, o cuando algo no ha salido tal como esperábamos. En estos casos, la empatía es la actitud y la habilidad que ayuda a aquellos que saben gestionar la frustración, a controlar la ira y a aceptar las contrariedades de forma más correcta. Debemos evitar plantear las relaciones interpersonales como un juego en que se gana o se pierde.

En las personas con problemas de agresividad es muy conveniente, como prevención, el realizar diversas técnicas de relajación en su vida diaria (yoga, mindfulness, meditación, respiración profunda,…). También es muy recomendable practicar deporte y dormir las horas necesarias. Estas técnicas ayudan a reducir el estado de alerta permanente en que se encuentran los afectados, a razonar centrándose en el presente y a elevar el autocontrol emocional para enfrentarse mejor a la conducta agresiva.

Cuando el problema de ira o agresividad sobrepasa nuestra capacidad para gestionarlo correctamente, debemos acudir a un profesional de psicología, (preferentemente cognitivo–conductual) para que nos enseñe a modificar nuestras conductas, interpretaciones y actitudes que generan la agresividad. Mediante la reestructuración cognitiva, que trata de la modificación de nuestros esquemas cognitivos (formas de pensar o percibir las cosas que nos llevan a pensamientos desproporcionados e inapropiados), y otras técnicas de autocontrol emocional, el paciente aprende a controlar y racionalizar su ira y su conducta agresiva de forma más adecuada.

 

María Dolors Reñé Prats

Psicóloga Clínica – Praxis Centre Psicològic