La autoestima es esencial para la supervivencia psicológica. Un factor importante que nos diferencia al ser humano de los demás animales es la consciencia de sí mismo,  el ser capaces de establecer una identidad y darle un valor, o sea, definir quién eres y luego decidir si te gusta tu identidad o no. Otro factor es la capacidad de introspección o de examinarnos internamente, que, unido a la memoria y al lenguaje, nos permite identificar, entender y explicar nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestros actos y sus consecuencias.

Se considera que el 30 % de la capacidad de superación y positivismo en la autoestima está determinado en nuestro equipaje genético y el 70 % es aprendizaje. Los genes ejercen su influencia a través de nuestra personalidad, la cual está moldeada por los aprendizajes del entorno en el que nos desarrollamos y vivimos.

El concepto de uno mismo se forja en las dos primeras décadas de vida y está condicionado por múltiples factores externos.

Vamos construyendo nuestra imagen en la infancia y adolescencia, con los vínculos afectivos que creamos en nuestro entorno familiar y escolar, y si éste es seguro, cariñoso y estimulante nos ayudara a formar una autoestima sana. En la adolescencia las opiniones sobre nosotros, que expresan nuestros compañeros de grupo social, son muy importantes.

Nuestra autoestima también depende de si de pequeños crecemos en un entorno en que nos eduquen en el reconocimiento de nuestra conducta.

O sea, en favorecer aquello que hacemos bien para que tengamos más ganas de hacerlo, generando los intereses de superación y mejora. Si, por otra parte, nos educan básicamente a través de la desaprobación, marcándonos solo lo que hacemos mal para indicarnos en que debemos mejorar (pauta correcta si se utiliza con mesura), y si además se insiste en el perfeccionismo de la conducta, y en la comparación con los demás, con ello solo se consigue desaprobar a la persona, no a la conducta que sería lo correcto. Estas actitudes, en edades tempranas, se captan de forma inconsciente y ayudan a desarrollar un autoconcepto bajo de sí mismo.

Aunque como seres sociales que somos vivimos constantemente expuestos a los pareceres de otros, en realidad nuestra autovaloración se parece más a la percepción que tenemos de cómo los demás nos evalúan que a la verdadera valoración que los demás hacen de nosotros. Es decir, me veo a mí mismo como creo que los demás me ven, y no necesariamente como los demás realmente me ven.

Factores también muy influyentes en el proceso de desarrollo de nuestra identidad incluyen las opiniones que, a nuestro parecer, albergan de nosotros las personas que consideramos importantes; nuestra percepción de la valoración que hace el medio social en que vivimos, de nuestras aptitudes y características físicas, mentales y relacionales; y el impacto que tiene en nosotros y en los demás la imagen pública que presentamos.

“La autoestima sana es aquella que ayuda a que la persona se conozca a sí misma, que la ayuda a conseguir sus metas, consciente de las posibilidades de que dispone y de sus limitaciones, y que la impulsa a dar los pasos necesarios para conseguirlas”.

La autoestima óptima, implica sentimientos positivos de autovalía hacia uno mismo, de forma verdadera y segura, que no se sientan amenazados fácilmente aunque se afronten situaciones adversas o se observen fallos y limitaciones personales, los cuales han de valorarse de forma objetiva y realista. Todas esas aptitudes están basadas en la autenticidad, “ser lo que uno es y aceptarse”, o sea, sentir decepción por los fracasos y alegría en los éxitos sin exagerar la importancia, sin engañarse ni construir máscaras y fachadas ante uno mismo ni ante los demás.

Siempre que opinamos intelectualmente sobre nuestra persona, las autovaloraciones, sean globales o específicas, van acompañadas de un tono emocional coherente. Por tanto el pensamiento:

«qué es lo que pienso de mí»,

y el sentimiento:

«cómo me siento conmigo mismo»,

estos dos componentes son inseparables. Nuestro cerebro se encarga de asegurar esta congruencia entre lo que pensamos y lo que sentimos, si nuestro juicio de valor es favorable, el sentimiento es placentero, pero si nos consideramos inadecuados, nos sentiremos mal.

Por eso, los pensamientos y las emociones, que suelen estar vinculados, en el extremo positivo de la autoestima, incluyen ideas de competencia, de confianza o incluso de orgullo de uno mismo, y los sentimientos de alegría, seguridad y bienestar. En el extremo negativo, los reproches o las condenas de uno mismo suelen mezclarse con los sentimientos de vergüenza, culpa, decepción y fracaso. Esta evaluación global está basada en atributos personales concretos que consideramos importantes, por eso, a la hora de analizar nuestra autovaloración es fundamental que identifiquemos los atributos que valoramos y el significado que les damos.

No menos importante en la formación de nuestro «yo» es la conciencia de eficacia y utilidad que derivamos de nuestras funciones ejecutivas, el razonamiento lógico y práctico. Gracias a estas aptitudes podemos gestionar satisfactoriamente nuestro día a día, y trabajar para lograr lo que deseamos en las diferentes parcelas de nuestra vida, sean las relaciones, los estudios, el trabajo o las aficiones.

 

María Dolors Reñé Prats

Psicòloga Clínica – Praxis Centre Psicològic