La evolución de los modelos en la educación infantil refleja, en gran medida, la época en que vivimos. Se pasó de la educación tradicional característica de los años sesenta, tanto en la familia como en la escuela, a la educación permisiva en los años ochenta. En la década de los sesenta, estaban en boga las teorías educativas tradicionales con unas normas estrictas y en ocasiones humillantes; en casa con padres autoritarios con los que había que luchar para conseguir privilegios; en la escuela el profesor era el que explicaba mientras los alumnos escuchaban, con castigos y prohibiciones excesivas, con las repeticiones infinitas de “me portaré bien”, “no hablaré en clase”; eran estilos de educación que provenían de tiempos anteriores más represivos.

La educación fue cambiando en paralelo con los cambios de la sociedad, y en la época de los ochenta pasó al otro lado del péndulo, o sea, al vacío de autoridad, en la que educación era igual a permisividad casi absoluta. Las ideas pedagógicas de ese momento apoyaban esta permisividad, y cualquier acto de represión o freno se consideraba que podía constituir frustraciones excesivas para el pequeño, y trastornos en el futuro. Desde hace un tiempo, no solamente se duda de dichas teorías mayoritariamente permisivas, sino que se considera además que un exceso de permisividad es muy nocivo para la madurez psicológica y emocional del niño.

“Se considera que un exceso de permisividad es muy nocivo para la madurez psicológica y emocional del niño”.

En la actualidad nos encontramos con muchos padres que han tenido esa educación más exigente en su juventud, y ahora, son muy permisivos y se sienten incapaces de cambiar el comportamiento de sus hijos u optan por no involucrarse. Además, se sienten culpables de trabajar demasiado, de no tener suficiente dinero para complacer todos los caprichos de sus hijos, y en el momento de ejercer la autoridad con ellos deciden ser no padres”.

Como consecuencia de todo ello, abundan los niños que han vivido una infancia de lo más tranquila, que han crecido en una burbuja de permisividad casi absoluta, y que no han tenido prácticamente ningún límite por parte de sus progenitores. Estos niños, en su ignorancia e irreflexión, han actuado de forma impulsiva frente a cualquier circunstancia que se les ha presentado (ya que nadie le ha frenado), se han comportado como han querido y no se han cuestionado su conducta (puesto que nadie les ha enseñado a hacerlo).

Estos padres que no han impuesto límites a sus hijos pequeños, cuando han querido ejercer la autoridad de más mayores, ya no han podido pararlos. Las consecuencias ante eso no son halagüeñas; cada vez nos encontramos con más niños con el Síndrome del Emperador, que se creen el centro del mundo.

Los niños que han vivido con esta permisividad van creciendo y a medida que lo hacen maduran sólo hacia una dirección, “ellos mismos”. Se convierten en tiranos y egoístas, con la creencia de tener la autoridad para manejar a todos los que le rodean a su antojo. Con ello se convierten en adolescentes conflictivos, que después de sus desmanes con familiares, amigos, y demás personas, sólo los para en último término el código penal.

Desde hace bastantes años se está observando un cambio en el perfil prototipo del adolescente que presenta problemas de límites. Anteriormente los motivos que llevaban a serlo eran el pertenecer a una familia desestructurada, o el vivir en un barrio degradado, o también rodearse de malas compañías. En los últimos años estos adolescentes con dificultades pertenecen en mayor medida a familias acomodadas; son chicos que han tenido una formación importante, pero todos con un elemento en común: en su infancia y adolescencia no tenían límites; y no los han tenido porque sus progenitores no se los han dado y han hecho de “no padres”.

Estos chicos nunca han interiorizado valores imprescindibles para su madurez personal y emocional, tales como el valor del esfuerzo, del compromiso, de la compasión, la paciencia, el ahorro. Por tanto, no tienen ni la menor idea de la importancia que tienen dichos valores, y sin embargo exigen de los demás todo lo que ellos se creen en el derecho de poseer.

Los padres permisivos que no enseñan a sus hijos dichos valores -porque creen que así están protegiendo a sus hijos de “sufrimientos”- no saben que les están haciendo un mal favor. En primer lugar, les dejan sin recursos para afrontar cualquier frustración en la situación presente, pero además los dejan indefensos ante situaciones futuras de mucha más envergadura, ya que para enfrentarse a ellas necesitarían haber vivido esas pequeñas frustraciones en la infancia.

A los chicos esta permisividad les crea desapego, desinterés por todo, no dan valor a lo que hacen o consiguen por sí mismos, porque no han aprendido el valor del esfuerzo.

La velocidad y exigencia que nos imprime el ritmo de vida de la sociedad actual hace que muchas familias caigan en un círculo vicioso. Muchos padres, desbordados por los horarios y el trabajo excesivo, llegan cansados y agobiados a su casa, y cualquier incidencia con sus hijos les sobrepasa. No imponen normas ni límites a sus hijos por temor a que se alejen; no orientan ni guían, no castigan cuando deberían hacerlo, tampoco utilizan la palabra NO. En algunos casos creen que serán más amigos si les dan la razón, y para calmar su sentimiento de culpa, les permiten y compran todo, en lugar de orientarlos y ejercer la autoridad que les corresponde. Otros padres dudan de cómo deben comportarse y acaban delegando las decisiones en los chicos (para las que no están preparados), con lo cual acaban siendo los perjudicados por asumir responsabilidades que no les corresponden.

No hay que ceder en el papel de padres para ayudar a los hijos a ser autónomos e independientes. Hay que estar con ellos, pero hay que ejercer la autoridad para orientarles, para guiarles y dirigirles, y para potenciar otros valores tales como la humildad, la tolerancia y el respeto hacia los demás; y  todo ello con muchas dosis de sentido común.

Ser padres no es fácil, no, nadie ha dicho que lo fuera. El hecho de ser padres implica ser los garantes y responsables de la educación de los hijos, y por tanto la educación (que siempre empieza en la familia, aunque después continúe en la escuela y en la vida) significa enseñar en la disciplina y en la responsabilidad.

Disciplinar a los niños tampoco es fácil. Hay que pasar tiempo con ellos, hablando, y compartiendo. Hay que enseñar hábitos, rutinas, asignar tareas y exigir el cumplimiento de normas, que en ocasiones conllevan un conflicto de intereses. Hay que establecer límites claros, muchas veces difíciles de respetar por parte de los hijos y ¡también de los padres!

Las normas hacen que la familia funcione mejor, facilitan la convivencia y el respeto por los demás. Es preciso fijar normas y hacer que se cumplan; algunas negociables y otras no. Según el psicólogo John Rosemond, los niños necesitan dosis regulares de vitamina N(N de No), palabra que ayuda como ninguna a forjar el carácter, y para la cual, al padre no le sirve de nada mirar hacia otro lado para evitar discusiones y complicaciones.

Aldo Naouri, pediatra francés especialista en relaciones interfamiliares, cree que hemos sido demasiado blandos con nuestros hijos, que debemos volver a la disciplina y al rigor y que no por ello nos van a querer menos. Según él, estos padres permisivos que “deben gustar a sus hijos”, y deben tratarlos de “igual a igual”, como amigos, tienen una falsa idea de la democracia. La familia según él no es una democracia y la relación padres – hijos no puede ser horizontal, de tú a tú.  Naouri opina que, en contra de lo que parece, la permisividad es la peor forma de “maltrato” que se le puede infligir a un niño.

En muchas ocasiones hay padres que eligen el camino más fácil. En lugar de enseñarles a recoger los juguetes, para evitar el malestar que produce que no les obedezcan, prefieren hacerlo ellos; piensan que ya les impondrán tareas cuando crezcan, porque será más fácil convencerlos, y olvidan que la mejor forma de que maduren es dándoles responsabilidades poco a poco y desde muy pequeños. La coherencia y el comportamiento adecuado de los padres debe ser el modelo a seguir por el niño.

Los padres olvidan que la mejor forma de que maduren sus hijos, es dándoles responsabilidades poco a poco y desde muy pequeños. La coherencia y el comportamiento adecuado de los padres debe ser el modelo a seguir por el niño.

Hay que saber educar en los límites razonables y de acuerdo a su edad. Decir No al hijo y no sentirse culpable después, enseñar que hay alternativas a las peticiones del niño pero que las opciones no son ilimitadas y que hay un motivo claro para dichos límites. Si además se fomenta la cooperación del niño en el establecimiento de límites, éste estará más implicado y participará en la definición de las normas.

Todo esto ayudará a que los chicos vayan madurando adecuadamente, asumiendo las normas de disciplina y las responsabilidades que más adelante necesitaran para ser cada día más autónomos e independientes.

 

María Dolors Reñé Prats

Psicóloga Clinica – Praxis Centre Psicològic

 

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